La espiritualidad no es sentir paz todo el tiempo

 La espiritualidad no es sentir paz todo el tiempo. De hecho, una de las mayores desilusiones que experimentan muchas personas cuando comienzan un camino espiritual es descubrir que, a pesar de meditar, rezar, estudiar, sanar, hacer terapia, practicar rituales o trabajar en sí mismas, siguen sintiendo miedo, tristeza, enojo, incertidumbre o desesperación. Nos han vendido la idea de que despertar espiritualmente significa vivir en un estado permanente de armonía, como si la evolución consistiera en dejar de ser humanos. Sin embargo, la verdadera espiritualidad no nos aleja de nuestra humanidad; nos permite habitarla con mayor consciencia. El sufrimiento no aparece porque estemos haciendo algo mal, sino porque seguimos viviendo en un mundo cambiante mientras una parte de nosotros desea que las cosas permanezcan iguales. Queremos seguridad en una existencia incierta, permanencia en un universo impermanente y respuestas definitivas en una realidad que constantemente se transforma. Desde la visión budista, la raíz del sufrimiento no es el dolor en sí mismo, sino el apego a cómo creemos que deberían ser las cosas. Sufrimos menos por lo que ocurre y más por la resistencia que oponemos a lo que ocurre.

La causa profunda del sufrimiento es la ignorancia, pero no una ignorancia entendida como falta de conocimientos, sino como la incapacidad de ver la realidad tal como es. Vivimos atrapados en nuestras interpretaciones, nuestras expectativas, nuestras historias y nuestras proyecciones. Nos relacionamos más con la idea que tenemos de la vida que con la vida misma. Cuando alguien nos abandona, cuando un proyecto fracasa, cuando una relación cambia o cuando perdemos algo importante, no solo duele el hecho en sí; duele también el relato que construimos alrededor de ese acontecimiento. La mente comienza a preguntarse por qué pasó, qué significa, qué hicimos mal o cómo habría sido si todo hubiera sido diferente. Y es precisamente ahí donde muchas veces comienza el sufrimiento psicológico. No vemos la realidad; vemos nuestras interpretaciones de la realidad.

El único problema real es la creencia de separación. Sentimos que estamos separados de los demás, separados de Dios, separados de la vida y, en ocasiones, incluso separados de nosotros mismos. Desde esa sensación de desconexión nacen el miedo al abandono, el rechazo, la pérdida, el fracaso y la muerte. La mayoría de las personas pasan la vida intentando resolver esos miedos superficiales sin darse cuenta de que todos tienen una misma raíz: la ilusión de que estamos solos. Por eso, cuando atravesamos una crisis espiritual, muchas veces no estamos perdiendo nuestra conexión con lo divino; estamos perdiendo las falsas seguridades con las que intentábamos sentirnos conectados.

Los grandes místicos de distintas tradiciones hablaron de la llamada "noche oscura del alma". No la describieron como un castigo ni como una señal de fracaso espiritual, sino como una etapa inevitable del despertar. Es el momento en que las respuestas que antes funcionaban dejan de funcionar, cuando las creencias que sostenían nuestra identidad comienzan a derrumbarse y cuando nos encontramos frente a un vacío que no puede llenarse con explicaciones rápidas. Es un territorio profundamente incómodo porque la mente necesita certezas, mientras que el alma parece crecer precisamente en la incertidumbre. La noche oscura no consiste en perder la luz; consiste en descubrir que la luz que creíamos tener dependía de circunstancias externas y no de una comprensión profunda de nuestra naturaleza.


Desde la psicología también encontramos este fenómeno. Muchas crisis espirituales son, al mismo tiempo, crisis de identidad. La personalidad que construimos para sobrevivir comienza a quedarse pequeña para la conciencia que intenta emerger. La imagen que teníamos de nosotros mismos ya no encaja, nuestras prioridades cambian, nuestras relaciones se transforman y aquello que antes nos definía deja de tener sentido. En esos momentos es común sentir confusión, vacío o incluso desesperanza. Sin embargo, la transformación rara vez se parece a las imágenes románticas que solemos imaginar. Con frecuencia se parece más a un derrumbe que a una iluminación. Antes de que nazca una nueva forma de comprendernos, algo dentro de nosotros debe morir. Y toda muerte simbólica implica un duelo.

Por eso la espiritualidad auténtica no consiste en evitar la oscuridad, sino en aprender a atravesarla. No consiste en no sentir miedo, sino en dejar de ser gobernados por él. No consiste en vivir permanentemente felices, sino en desarrollar la capacidad de permanecer presentes incluso cuando la felicidad no está disponible. La paz profunda no surge porque la vida deje de ser difícil; surge cuando dejamos de exigir que la vida sea diferente para poder estar en paz. Es una paz que no depende de que todo salga bien, de que nadie nos abandone, de que no existan pérdidas o de que todas las preguntas tengan respuesta. Es una paz que nace de la aceptación radical de la realidad tal como es.

Quizá una de las mayores señales de crecimiento espiritual no sea la capacidad de sentirse bien todo el tiempo, sino la capacidad de permanecer abiertos cuando las cosas no van bien. Permanecer abiertos al dolor sin convertirlo en identidad. Permanecer abiertos a la incertidumbre sin quedar paralizados por ella. Permanecer abiertos a la vida incluso cuando no entendemos lo que está ocurriendo. Porque el despertar espiritual no consiste en convertirnos en personas que nunca se rompen. Consiste en descubrir que existe algo dentro de nosotros que permanece intacto incluso cuando todo lo demás parece romperse. Y cuando comenzamos a reconocer esa presencia silenciosa, comprendemos que la verdadera paz no es la ausencia de tormentas. La verdadera paz es descubrir que, en lo más profundo de nuestro ser, nunca fuimos la tormenta. Fuimos, somos y seguiremos siendo el cielo que la contiene. 

Alisha Mundo Espiritual 

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