¿A quién le das tu energía? -Alisha Mundo Espiritual
No pongas
tu paz en manos de otras personas
Hay algo que hacemos muchísimo sin darnos cuenta:
ponemos nuestra paz en manos de otras personas. Y entonces creemos que estamos
bien mientras los demás se comporten como nosotros esperamos. Estamos bien si
nuestra pareja nos habla bonito, si nuestra familia está tranquila, si alguien
nos responde, si nos sentimos queridos, comprendidos o valorados; pero basta
con que alguien cambie de actitud, diga algo que no nos gustó, nos decepcione,
se enoje con nosotros o simplemente no haga lo que esperábamos para que, de
pronto, toda nuestra estabilidad interior se venga abajo. Y ahí es donde creo
que tenemos que detenernos a reflexionar: ¿en qué momento le dimos a otra
persona tanto poder sobre nosotros? ¿En qué momento decidimos que alguien más
podía determinar si íbamos a tener un buen o un mal día? Porque sí, hay
personas que nos pueden herir. Claro que las cosas nos afectan. Claro que
sentimos tristeza, enojo, decepción y dolor. Yo no creo en esta idea de que ser
espiritual significa llegar a un punto en el que nada te afecta, porque
entonces estaríamos hablando de alguien que dejó de sentir, y sentir es parte
de estar vivo. No se trata de que no te afecte nada; se trata de que no todo lo
que te afecte tenga el poder de destruir tu paz.
Porque una cosa es sentir algo y otra muy distinta es quedarte viviendo dentro de eso. Una persona puede hacer algo que te lastime, puede decir algo injusto, puede decepcionarte o actuar desde sus heridas, desde sus miedos, desde su ego o desde su propia inconsciencia, y tú tienes todo el derecho de sentir lo que eso te provoca. Pero después viene una pregunta mucho más importante: ¿qué vas a hacer tú con eso que pasó? Muchas veces seguimos sufriendo no solamente por lo que alguien nos hizo, sino porque seguimos peleando internamente con la realidad. Queremos que esa persona hubiera actuado diferente, queremos que entendiera, que reconociera, que pidiera perdón, que cambiara, y mientras seguimos esperando que algo afuera cambie, dejamos nuestra vida emocional detenida. Como si nuestra paz estuviera esperando permiso. Pensamos: «Cuando me pida perdón voy a estar bien», «cuando cambie voy a poder estar tranquila», «cuando entienda lo que me hizo voy a sanar». Pero ¿qué pasa si nunca cambia? ¿Qué pasa si nunca entiende? ¿Qué pasa si esa disculpa que estás esperando jamás llega? ¿Vas a quedarte toda la vida esperando que otra persona haga algo para poder recuperar algo que siempre te ha pertenecido?
Y aquí quiero aclarar algo importante: aceptar la realidad no significa justificarla. Aceptar que una persona es como es no significa que tengas que quedarte ahí. Aceptar lo que pasó no significa decir que estuvo bien, ni significa ser permisivo, ni mucho menos significa permitir que alguien continúe haciéndote daño. Aceptar simplemente significa dejar de pelearte con algo que ya está ocurriendo para poder decidir conscientemente qué vas a hacer tú frente a eso. Porque mientras sigues intentando cambiar a alguien que no quiere cambiar, convencer a alguien que no quiere entender o conseguir amor de alguien que no sabe amar de la manera que tú necesitas, estás dejando tu energía en un lugar donde realmente no tienes control. Y creo que esa es una de las cosas más difíciles de comprender: no podemos controlar a las personas. No podemos controlar lo que piensan de nosotros, cómo nos interpretan, lo que sienten, si nos quieren, si nos entienden, si cambian o si deciden quedarse. Podemos hablar, explicar, poner límites, expresar lo que necesitamos y mostrar quiénes somos, pero después de eso existe algo que ya no nos pertenece: la decisión del otro. Y cuando no aceptamos esa frontera, comenzamos a desgastarnos tratando de gobernar un territorio que nunca fue nuestro.
A veces creemos que, si hacemos las cosas bien, los demás deberían respondernos de determinada manera. Pensamos que nuestra bondad debería producir bondad en los demás, que nuestro amor debería ser correspondido de la misma forma, que nuestra honestidad debería recibir honestidad y que nuestras buenas intenciones deberían ser reconocidas. Pero la vida no funciona como una ecuación moral en la que hacemos algo correctamente y automáticamente recibimos lo mismo a cambio. Puedes ser una buena persona y alguien puede hablar mal de ti. Puedes amar profundamente y alguien puede no saber recibir ese amor. Puedes dar lo mejor de ti y aun así alguien puede decepcionarte. Puedes tener las mejores intenciones y aun así alguien puede interpretarte desde sus propias heridas. Y aceptar esto es importante porque mientras pensemos que nuestro bienestar depende de recibir del mundo exactamente lo que nosotros damos, estaremos constantemente negociando con la realidad. La conciencia también implica comprender que las personas responden desde su propio nivel de conciencia, desde su historia, desde sus necesidades y desde aquello que todavía no han trabajado, y que eso no siempre tendrá relación con lo que nosotros hicimos o dejamos de hacer.
Hay personas que van a rechazarte sin conocerte
realmente, personas que van a juzgarte desde sus propios prejuicios, personas que
van a proyectar sobre ti cosas que les pertenecen, personas que van a
interpretar tus acciones desde su propia historia y personas que simplemente no
van a comprenderte. Y quizá una de las grandes liberaciones consiste en dejar
de convertir cada una de esas experiencias en una crisis sobre nuestra
identidad. No todo lo que alguien piensa de ti habla de ti. A veces habla mucho
más de quien está mirando. Esto no significa que debamos asumir que siempre
tenemos la razón y que toda crítica es una proyección ajena; también
necesitamos humildad para preguntarnos cuándo algo que nos dicen puede
mostrarnos una parte de nosotros que no habíamos querido ver. La diferencia
está en no reaccionar automáticamente. Podemos escuchar, discernir y decidir
qué nos corresponde tomar y qué no. Esa capacidad de discernimiento es
fundamental porque proteger nuestra paz tampoco significa construir una burbuja
en la que nunca aceptamos cuestionamientos. Significa tener suficiente
conciencia para distinguir entre una verdad que nos ayuda a crecer y una
opinión que simplemente no nos pertenece.
Y aquí aparece algo que me parece todavía más
profundo: muchas veces no sufrimos únicamente por lo que una persona hizo, sino
por lo que ese comportamiento significa para nosotros. Alguien puede no
contestarnos y quizá lo que realmente duele no es el silencio, sino lo que
interpretamos de ese silencio. Alguien puede no elegirnos y quizá lo que
realmente duele no es perder a esa persona, sino sentir que no fuimos
suficientes. Alguien puede alejarse y quizá lo que despierta no es solamente
tristeza, sino el miedo de volver a ser abandonados. Es decir, la experiencia
presente puede tocar heridas mucho más antiguas. Por eso hay situaciones que
aparentemente son pequeñas y, sin embargo, nos desbordan emocionalmente. No
siempre estamos reaccionando únicamente al presente; a veces estamos
reaccionando a todo aquello que ese presente despertó dentro de nosotros.
Y esto es precisamente lo que hace tan importante
el trabajo interior. Porque si no conocemos nuestras heridas, podemos pasar
gran parte de nuestra vida intentando conseguir afuera aquello que internamente
sentimos que nos falta. Buscamos personas que nos confirmen que somos
importantes, relaciones que nos hagan sentir seguros, reconocimiento que nos
haga sentir valiosos, aprobación que nos permita descansar y amor que nos
convenza de que somos dignos de ser amados. Y entonces cualquier amenaza a ese
vínculo se siente como una amenaza hacia nosotros mismos. Por eso el apego
puede ser tan intenso: no siempre estamos aferrados a la persona, también
podemos estar aferrados a lo que creemos que esa persona representa para
nosotros. Puede representar seguridad, pertenencia, reconocimiento, compañía,
estabilidad o incluso la posibilidad de demostrar que finalmente alguien nos
eligió. Y cuando comprendemos esto, podemos empezar a mirar nuestras relaciones
desde otro lugar, porque quizá la pregunta ya no es solamente «¿por qué no
puedo soltar a esta persona?», sino «¿qué estoy intentando encontrar en esta persona
que todavía no he aprendido a construir dentro de mí?».
Esto no significa que debamos volvernos
autosuficientes al extremo ni convencernos de que no necesitamos a nadie. Creo
que esa idea también puede convertirse en una forma de ego y de defensa. Somos
seres humanos y necesitamos vínculos, afecto, compañía, intimidad y comunidad.
Necesitar a otros no es una debilidad. El problema aparece cuando confundimos
necesitar con depender emocionalmente de que alguien se comporte de determinada
manera para poder sentirnos completos. Una relación puede enriquecer nuestra
vida sin convertirse en el lugar donde depositamos nuestra identidad. Podemos
amar profundamente sin convertir al otro en nuestra fuente absoluta de
seguridad. Podemos compartir nuestra vida con alguien sin dejar de tener una
vida interior propia. Y esto es especialmente importante porque cuando hacemos
responsable a otra persona de nuestra paz, también terminamos haciendo
responsable a esa persona de nuestro miedo a perderla.
Ahí es donde muchas veces aparece el control.
Queremos saber qué piensa el otro, qué siente, dónde está, qué va a hacer, por
qué dijo determinada cosa, por qué tardó en responder, qué significa un cambio
de actitud. Buscamos señales porque creemos que si conseguimos suficiente
información podremos evitar el dolor. Pero el control nace muchas veces de una
ilusión: la idea de que, si sabemos suficiente, podemos garantizar el
resultado. Y no podemos. Podemos saber muchísimo de una persona y aun así no
controlar sus decisiones. Podemos conocer perfectamente una relación y aun así
no tener garantías sobre su futuro. Podemos hacer todo «bien» y aun así
experimentar una pérdida. La vida no nos ofrece ese nivel de certeza. Y
aprender a vivir sin tener garantías absolutas es una parte importante del
crecimiento espiritual.
Por eso creo que el desapego ha sido tan mal
entendido. Desapegarse no significa dejar de amar, dejar de sentir o actuar
como si nada importara. Desapegarse significa dejar de intentar poseer aquello
que no nos pertenece. La otra persona no nos pertenece. Su pensamiento no nos
pertenece. Su decisión no nos pertenece. Su proceso no nos pertenece. Su manera
de comprendernos no nos pertenece. Incluso su amor, aunque podamos recibirlo y
disfrutarlo, no es una propiedad nuestra. Y cuando dejamos de intentar poseer
aquello que no podemos poseer, la relación cambia. Ya no amamos solamente para
evitar perder. Ya no damos esperando recibir exactamente lo mismo. Ya no
convertimos cada diferencia en una amenaza. Podemos estar presentes en el
vínculo sin vivir permanentemente anticipando su final.
También podemos comenzar a comprender que no todo
conflicto necesita convertirse en una batalla. Nuestro ego muchas veces
necesita demostrar que tiene razón porque siente que ceder significa perder.
Quiere la última palabra, quiere que el otro reconozca su error, quiere que se
haga justicia de la manera que imaginamos y, en ocasiones, quiere que la otra
persona experimente el mismo dolor que nosotros sentimos. Pero si observamos
con honestidad, podemos darnos cuenta de que permanecer mentalmente en una
discusión mucho después de que terminó sigue siendo una forma de estar
vinculados con ella. La conversación terminó afuera, pero continúa dentro de
nosotros. Seguimos respondiendo mentalmente, imaginando lo que deberíamos haber
dicho, preparando lo que diremos la próxima vez y reconstruyendo la escena para
encontrar el momento exacto en el que pudimos haber ganado. Y mientras hacemos
todo eso, seguimos entregando energía a una situación que ya terminó.
A veces la verdadera libertad consiste en aceptar
que no tendremos la última palabra. Que alguien puede irse pensando algo
equivocado de nosotros. Que alguien puede no reconocer nuestro esfuerzo. Que
una persona puede contar una historia sobre nosotros que no coincide con
nuestra propia experiencia. Y aunque esto pueda resultar profundamente injusto,
nuestra paz no puede depender de corregir todas las percepciones ajenas. Hay
momentos en los que explicar es necesario, pero también hay momentos en los que
continuar explicándonos solamente prolonga el vínculo con aquello de lo que
queremos liberarnos. No necesitamos ser comprendidos por todos para saber
quiénes somos.
Y esto también nos lleva a una responsabilidad que
a veces olvidamos: nosotros tampoco podemos exigir que los demás carguen con
nuestro mundo emocional. Así como no queremos que otra persona determine
nuestra paz, tampoco podemos convertirnos en personas que esperan que los demás
regulen constantemente nuestras emociones. Decir «tú me haces sentir así» puede
ser una manera de colocar afuera algo que necesitamos aprender a comprender
dentro de nosotros. Las personas pueden provocar emociones, pueden generar
situaciones, pueden herirnos y pueden influir en nosotros, pero existe una
diferencia entre reconocer esa influencia y entregarles la responsabilidad
completa de lo que ocurre en nuestro interior. Crecer también significa
aprender a hacernos cargo de lo que sentimos sin utilizar esa responsabilidad
para culparnos por todo. No somos culpables de cada emoción que aparece, pero
sí podemos aprender a hacernos responsables de cómo la procesamos y de las
decisiones que tomamos a partir de ella.
Por eso proteger nuestra paz no siempre significa
alejarnos de todo lo que nos incomoda. A veces significa aprender a permanecer
en una situación sin reaccionar desde la primera emoción que aparece. Otras
veces significa reconocer que ya hemos intentado suficiente y que continuar ahí
sería abandonarnos a nosotros mismos. Hay momentos para hablar y momentos para
guardar silencio, momentos para acercarnos y momentos para tomar distancia,
momentos para perdonar y momentos para cerrar una puerta. La conciencia no nos
da una fórmula única; nos da la capacidad de discernir. Y ese discernimiento
requiere que dejemos de preguntarnos solamente «¿qué quiero que haga el otro?»
para comenzar a preguntarnos «¿qué decisión es coherente con la persona que
quiero ser?».
Porque al final, quizá de eso se trata realmente
recuperar nuestra paz: de dejar de reaccionar únicamente en función de lo que
los demás hacen y comenzar a actuar desde nuestros propios valores. Si alguien
es cruel, no necesito convertirme en una persona cruel para defenderme. Si
alguien es deshonesto, no necesito abandonar mi propia honestidad. Si alguien intenta
provocarme, no tengo que entregarle mi reacción como respuesta. Si alguien no
sabe reconocerme, no necesito dejar de reconocerme yo. Esto no significa
permitir abusos ni quedarnos callados ante las injusticias; significa que
nuestra respuesta no tiene que ser una copia de aquello que estamos
enfrentando. Podemos poner límites sin convertirnos en aquello que rechazamos.
Y quizá aquí encontramos una de las formas más
profundas de libertad: poder elegir quién queremos ser incluso cuando los demás
no están siendo quienes nosotros quisiéramos que fueran. Porque es muy fácil
ser amable cuando nos tratan bien, tener paciencia cuando todo sale como
queremos y mantener la calma cuando nadie nos contradice. El verdadero trabajo
interior aparece cuando alguien toca exactamente aquello que todavía nos cuesta
sostener. Ahí podemos observarnos. Podemos descubrir cuánto necesitamos tener
la razón, cuánto nos cuesta sentirnos rechazados, cuánto miedo tenemos a
perder, cuánto buscamos aprobación o cuánto dependemos de que alguien cambie
para poder sentirnos tranquilos. Y lejos de utilizar esa conciencia para
juzgarnos, podemos utilizarla para conocernos.
No se trata entonces de construir una vida en la
que nadie pueda afectarnos. Eso no existe. Se trata de construir una relación
tan consciente con nosotros mismos que podamos atravesar lo que la vida nos
presente sin perder completamente nuestro centro. Habrá personas que nos
decepcionen, situaciones que nos duelan y momentos en los que nuestra paz se
sacuda. Habrá pérdidas que no podremos evitar y palabras que nos acompañarán
durante mucho tiempo. Pero incluso en medio de eso podemos aprender a regresar.
Podemos reconocer lo que sentimos, permitirnos vivirlo, comprender qué despertó
en nosotros y después decidir qué hacemos con ello. No tenemos que negar el
dolor para estar en paz; tenemos que aprender a no convertir el dolor en
nuestra única realidad.
Y quizá esa sea una de las enseñanzas más
importantes: la paz no es la ausencia de perturbación. La paz es la capacidad
de regresar a nosotros después de haber sido perturbados. Es saber que podemos
sentir sin desbordarnos, cuestionarnos sin destruirnos, reconocer nuestros
errores sin convertirlos en una condena y aceptar las decisiones ajenas sin
convertirlas automáticamente en una sentencia sobre nuestro propio valor. Es
saber que podemos perder algo sin perdernos también nosotros.
Por eso, no pongas tu paz en manos de otras
personas. No esperes que alguien cambie para comenzar a vivir. No necesitas una
disculpa para reconocer que algo te dolió, ni necesitas que alguien comprenda
tu versión para saber lo que viviste. No necesitas que alguien te elija para
demostrarte que eres valioso, ni necesitas controlar una relación para sentirte
seguro dentro de ella. Puedes amar y al mismo tiempo conservarte. Puedes
vincularte sin desaparecer dentro del vínculo. Puedes escuchar a los demás sin
convertir todas sus palabras en verdades sobre ti. Puedes aceptar una realidad
que no te gusta y, desde esa aceptación, tomar decisiones diferentes.
Las personas van a seguir siendo personas. Van a
equivocarse, van a actuar desde sus heridas, van a tener momentos de
inconsciencia, van a decepcionarnos y también van a regalarnos amor, compañía,
aprendizaje y experiencias que jamás habríamos vivido solos. No podemos
convertir nuestra vida en un intento permanente de evitar que alguien nos
lastime. Lo que sí podemos hacer es conocernos lo suficiente para saber qué
aceptamos, qué no aceptamos, dónde necesitamos poner límites y qué necesitamos
trabajar dentro de nosotros. Porque cuando conocemos nuestro propio centro,
dejamos de pedirle al exterior que nos diga constantemente dónde estamos
parados.
Al final, creo que la verdadera paz comienza cuando
dejamos de exigirle a la vida que sea exactamente como necesitamos para
sentirnos bien. Cuando comprendemos que habrá cosas que no podremos controlar,
personas que no podremos cambiar, historias que no podremos corregir y pérdidas
que no podremos evitar. Y aun así, podemos elegir permanecer presentes en
nuestra propia vida. Podemos llorar y continuar. Podemos decepcionarnos y
aprender. Podemos amar y soltar. Podemos perdonar sin regresar. Podemos
comprender sin justificar. Podemos poner límites sin odio. Podemos aceptar sin
resignarnos. Y podemos permitir que los demás sean responsables de su propio
camino mientras nosotros nos hacemos responsables del nuestro.
Porque quizá la libertad no consiste en conseguir que nadie tenga el poder de afectarnos. Quizá consiste en algo mucho más profundo: en dejar de abandonarnos cada vez que alguien consigue tocarnos una herida. En recordar que una emoción puede atravesarnos sin definirnos, que una opinión puede llegar hasta nosotros sin convertirse en nuestra verdad y que una persona puede ocupar un lugar importante en nuestra vida sin convertirse en el centro de nuestra existencia. Tu paz no tiene que ser un premio que recibes cuando los demás finalmente hacen las cosas bien. Tu paz tiene que ser un lugar al que aprendes a volver. Y cuanto más aprendes a volver a ti, menos necesitas que el mundo permanezca en calma para poder encontrar la tuya.
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